La casa en la colina · Versión CUT
Share
Cuando se casaron, todos comentaron lo mismo. Era demasiado joven para él. Algunos lo decían con malicia, otros con una sonrisa disimulada, como si aquello fuera una extravagancia social aceptable siempre que no se dijera en voz demasiado alta. Él tenía la edad suficiente para ser su padre. Pero eso no parecía importar.
Las flores llegaban cada semana. Las limusinas esperaban en la puerta. Los restaurantes abrían mesas imposibles cuando él levantaba el teléfono. Ella era tratada como una reina. Y él disfrutaba cada segundo de esa admiración silenciosa que se respiraba en las reuniones de fin de semana, en las casas elegantes donde sus amigos levantaban las copas y lanzaban miradas cómplices.
Nunca se había sentido más hombre. Todos lo sabían. Todos lo envidiaban. O al menos eso parecía. La casa en la colina era grande, luminosa, silenciosa. Desde las ventanas se veía la ciudad extendida como un mapa de luces por la noche. Durante el día, el jardín parecía sacado de una revista. Era exactamente la vida que ella había imaginado alguna vez. O eso decía.
Al principio hubo viajes, cenas, vestidos nuevos, fiestas interminables donde los nombres importantes de la ciudad circulaban como monedas. Pero con el tiempo algo empezó a cambiar. No de golpe. Las cosas importantes casi nunca cambian de golpe. Fue algo más lento. Algo parecido a un reloj. El reloj del pasillo marcaba cada hora con un sonido seco que atravesaba la casa entera. Un tic tac constante, paciente, indiferente a todo. Ella empezó a notarlo cada vez más. Había días en los que la casa parecía demasiado grande. Demasiado silenciosa.
Cuando sus amigas preguntaban si era feliz, ella respondía que sí con una seguridad que sonaba perfectamente ensayada. No tenía tiempo para bailar. No tenía tiempo para nada. La vida, decía, era exactamente como la había imaginado. Pero el reloj seguía marcando el paso del tiempo. Y las noches empezaron a hacerse más largas.
Algunas veces salía a cenar con viejos amigos. O eso decía cuando regresaba tarde. La música, las luces, el movimiento de la ciudad parecían devolverle algo que en la casa de la colina se perdía lentamente. A él no parecía importarle demasiado. Seguía viviendo dentro de sus rutinas tranquilas, de sus costumbres antiguas, de esa seguridad sólida que dan los años. Quizá, pensaba ella a veces, necesitaba un poco más de romance. Pero el reloj del pasillo seguía marcando el tiempo.
Aquella madrugada eran las cinco cuando volvió. La casa estaba completamente en silencio. Se quitó los zapatos en la entrada para no hacer ruido. Caminó por el pasillo mientras el tic tac del reloj parecía resonar con más fuerza que nunca. Se detuvo un momento frente al espejo. Se veía hermosa. Siempre se había visto hermosa. Tomó una pastilla del pequeño frasco que guardaba en el bolso, la dejó caer en su boca y bebió un poco de agua. Luego subió las escaleras lentamente. En el dormitorio todo estaba en calma. Él dormía profundamente. Ella se acostó a su lado, mirando el techo oscuro durante unos segundos. El reloj seguía sonando en el pasillo. Tic. Tac. Por primera vez en mucho tiempo una pregunta apareció con una claridad brutal. No la que todos hacían. No la que todos pensaban. Sino otra. Una que nadie se atrevía a formular en voz alta. Ahora que la noche había terminado…
¿Quién envidiaría realmente a un hombre mayor y a su hermosa joven esposa?
Disponible: La casa de la colina • Relato UNCUT
- La versión íntegra, sin concesiones de relato.
- Aquí no hay elipsis ni sugerencias: hay cuerpo, urgencia y deseo llevado hasta el límite que la historia exige.
- Esta edición contiene el texto completo, tal como fue escrito, reservado para lectores que buscan la experiencia total e ilustrada.
- Disponible para descarga en la tienda.
- Lectura recomendada para adultos.
