El Encuentro: Una Geografía de Sombras
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Fue un atardecer que olía a libros viejos y a la desidia propia de la universidad. Nos reunimos en casa de un amigo para cumplir con una de esas tareas que los maestros imponen, quizá bajo la creencia de que nuestra juventud es un recurso inagotable. De no ser por ese tedio, jamás la habría encontrado.
Recuerdo mi entrada: los libros pesando en el brazo y un cansancio que se me desbordaba por los ojos. Y allí estaba ella, en el corazón de la sala, disolviendo la tensión con una risa que parecía no pertenecer a ese lugar. Desde el primer cruce de miradas, sentí un tirón gravitacional, un magnetismo que no admitía resistencia.
—Hola, niño. ¿Tú cómo te llamas? —preguntó, inaugurando mi mundo.
Le entregué mi nombre y ella, con una sonrisa que era a la vez invitación y enigma, replicó: —Yo, Gabriele.
Hablamos durante horas sobre naderías que el tiempo ha borrado, pero retengo la vibración de su voz. Sentía que la conocía desde siempre. Cuando se marchó, alegando ocupaciones académicas y creyendo ser, la sutil culpa de ser nuestra distracción, dejó un vacío absoluto.
Pero antes, deslizó una confesión en la última página de mi libreta y me selló la frente con un beso que sabía a secreto
—Mira lo que te escribí —susurró, rozándome el oído.
Ignoré las burlas de mis amigos y busqué la nota. «Debo decirte la verdad, me gustas mucho. Nunca me había sentido tan atraída por un hombre. Por favor, cuando te desocupes, háblame; espero no te resulte osado exponerme así ante ti». Sus palabras eran un incendio en papel.
Eran las dos de la mañana cuando el silencio de la calle me recibió. Mientras caminaba hacia mi vehículo, la duda peleaba con la urgencia. ¿Llamarla ahora? Quizá dormía. Pero el deseo es un animal impaciente. Marqué. Contestó al primer aliento del teléfono.
¿Te desperté? —pregunté, con el pulso acelerado.
—No. Estaba esperando tu llamada… ¿Dónde estás?
—En la avenida del norte, camino a casa.
—¿Y tienes que ir a casa… justo ahora?
—No. Estaba esperando tu llamada… ¿Dónde estás?
—En la avenida del norte, camino a casa.
—¿Y tienes que ir a casa… justo ahora?
Esa noche no había leyes ni horarios. Quince minutos después, yo era un manojo de nervios frente a su puerta. Cuando abrió, el aire se detuvo. Nos miramos con una intensidad que prescindía de las palabras; ella me tomó por la cintura y nos fundimos en un beso furioso, un naufragio de lengua y piel que jamás había experimentado.
Entramos en su casa sin romper el contacto, como si separarnos fuera un riesgo mortal.
Subimos aquellas escaleras elegantes hacia la penumbra de su habitación. Nos quedamos en un abrazo largo y silencioso. Mi corazón galopaba mientras ella me consolaba.
Cuando el consuelo se transformó en cansancio, la observé dormir. Su silueta bajo las sábanas era un paisaje que quería memorizar para siempre.
Al día siguiente, el misterio se materializó en un libro: Nueve semanas y media. En sus páginas, su perfume inundaba mi sala, y una dedicatoria me hablaba de la monotonía del hombre y de la capacidad de decir «tú». Pero el regalo traía un veneno: nuestra historia debía ser un secreto. Ella estaba comprometida.
—Quédate conmigo —supliqué, con la desesperación de mis dieciocho años.
—No puedo —sentenció—. Es un compromiso de mucho tiempo. Mis padres.
—No puedo —sentenció—. Es un compromiso de mucho tiempo. Mis padres.
Acepté las condiciones de nuestra clandestinidad. Me convertí en un zombi alimentado por encuentros nocturnos, escocés y pastillas para soportar la espera. Su abandono final fue despiadado, una herida abierta en mitad de la juventud.
Pero la esperanza es lo último que se pierde, y la venganza… la venganza es un plato que se sirve frío. Y yo me deleité con ese manjar, estilo gourmet, mucho tiempo después. Pero eso pertenece a otro capítulo.
Notas del autor:
Hemos creado un universo de historias inmersivas, eróticamente inmersivas. Todo se desarrolla dentro de las experiencias naturales y sobrenaturales en las relaciones humanas, específicamente las de pareja; la magia, el encantamiento, el control y descontrol, la intimidad siempre como hilo conductor, el cual nos sumerge en momentos sublimes y potentes, llevándonos a descubrir matices que apenas imaginamos en nuestros pensamientos y sueños más húmedos.
De nada sirve que te lo contemos, pero te proponemos vivirlo y sentirlo, pues será la mejor forma de que las palabras te afecten como esperamos.
- Adrian Thomas
