Lo que un hombre dice cuando ya no puede rezar... pero tampoco puede dejar de creer

Lo que un hombre dice cuando ya no puede rezar... pero tampoco puede dejar de creer

No sé cuándo dejé de ser uno. No sé en qué momento me partí en dos: Abel en los huesos, Caín en la sangre. El que implora y el que maldice. El que espera tu mano y el que desea romperla. Camino con ambos dentro de mí, Dios.

Y tú sabes que uno de ellos quiere hablarte, y el otro quiere juzgarte. Te escribo desde ese punto donde ya no hay oraciones, solo restos. Ruidos. Llagas. Cicatrices que laten como si tuvieran memoria propia. A veces te pregunto por qué me dejaste vivo. Otras veces te pregunto por qué no me dejaste morir. Abel cree que fue misericordia. Caín sabe que fue desdén. He visto la muerte sin disfraz. Vi sus ojos pegados a los míos. No eran ojos de juicio, eran ojos de alguien que reconocía a un igual.

He llevado mi cuerpo a lugares donde la moral se estremece. He amado como un naufragio, odiado como una plegaria invertida, buscado placer como quien lame una herida para comprobar si sigue vivo. He conducido hacia barrancos como si fueran templos, me he asomado a los pisos altos como quien prueba la lealtad del vacío, he renegado de ti como quien se arranca un nombre de la piel. He probado la psicodelia, la sombra, el exceso, los callejones donde la carne se vuelve pregunta y el alma se vuelve un rumor distante. 

Y tú, Dios… tú ni te inmutas. Tu silencio es un idioma que nunca aprendí. Tu indiferencia es un altar sin fuego. Tu presencia es una sombra detrás de otra sombra.

Abel te busca. Caín te desafía. Yo solo sobrevivo entre ambos. Tú que eres Dios, atrévete. Maldíceme si vas a hacerlo. Pero no sigas callando como los cobardes. Si te profané, quítame la fe. Si te fallé, rómpeme entero. Si no te importo, dímelo, claro, sin mensajes ocultos o por interpretar. Lo que no soporto es este silencio que late dentro de mis costillas como un animal que quiere huir. Vivo bajo la marca de Caín, aunque Abel siga respirando.

Ambos caminan conmigo: uno llorando, otro ardiendo. No quiero hablar con un Dios tibio. Quiero hablar con el Dios que incendió el cosmos con un gesto. Quiero hablar con el Dios que permite que yo exista. Quiero hablar con el Dios al que le tiembla un segundo el pulso cuando mira la maravilla de su creación.

Porque tú me conoces. Sabes que mis rezos no son dulces. Sabes que he aceptado mi culpa, te lo he repetido mil veces, de rodillas, sentado, de pie, que mi fe me duele y huele a hierro, que mis dudas tienen dientes afilados, que se me clavan cada segundo para que lo recuerde. Sabes que no rezo: te exijo. Te provoco. Te escribo desde el filo del dolor y la angustia. Y aun así, aquí estoy. Invocando a quien no me responde. Amando a quien no abraza. Creyendo en quién no baja. Persistiendo en quien no me habla. Dios de Dios, no sé si me escuchas o simplemente disfrutas, mirarme sangrar. Pero te confieso algo que ninguno de los dos— ni Abel, ni Caín— se atreve a decirte: “Si tú no existes, me desarmo. Si tú existes, me condeno. Porque lo único peor que un Dios cruel es un Dios que calla. Y yo, bajo la marca de Caín, sigo vivo sin saber de ti. Sigo buscándote sin saber si quieres que te encuentre”.

Sigo hablándote como quien golpea el pecho del cielo esperando que respire. Tu silencio es mi terror. Pero mi voz, esta que atraviesa la noche como una flecha rota, es la prueba de que aún no me he rendido. Dios de Dios, si te importa lo que soy, manifiéstate. Si no, déjame libre. Porque solo hay dos caminos para un hombre partido en dos: la fe que arde o la libertad que mata.

Regresar al blog

Deja un comentario