La vida no prometía tanto
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“No me engañaron… yo quise creer otra cosa.”
La vida no se presenta como un relato coherente. Se parece más a una lista dispersa de escenas que no pidieron permiso para quedarse. Momentos que se acumulan sin orden, sin jerarquía, sin promesa de sentido. Un domingo solo en un sofá. Una noche con tequila que no cura nada. Una caricia que no nace del amor, sino de la costumbre o del miedo a dormir solo. Todo eso también es vivir.
Nos educaron para creer que la experiencia se organiza, que los años construyen algo parecido a una línea ascendente. Pero la realidad es menos amable: la vida se fragmenta. Un poco de sexo rápido para alardear, un beso frente al espejo para ensayar una versión mejor de uno mismo, una traición que no esperabas, un orgullo que ondeas porque es lo único que aún no te han quitado. Y aun así, seguimos.
Hay amores que llegan solo para enseñarte a sufrir bien. Con elegancia. Con dignidad. Amores que no estaban destinados a quedarse, sino a dejar una marca precisa. Hay amigos que se convierten en enemigos y enemigos que justifican tu éxito. Hay hospitales con postres de gelatina que saben a derrota y a supervivencia al mismo tiempo. Todo eso también cuenta.
Vivimos rodeados de objetos que parecen triviales, pero que cargan una potencia simbólica brutal: un condón que caduca sin usarse, un avión de papel, el peine de mamá con brillantina, una camisa sin botón, un cuaderno con ecuaciones que nunca resolviste. Pequeñas reliquias de lo que fuimos intentando ser.
Y mientras tanto, el cuerpo insiste. Insiste en desear, en caer, en levantarse. En equivocarse. En buscar excusas. En hacer dietas que no duran. En prometer comienzos cada enero. En creer que todavía hay tiempo. Pero el tiempo no se compromete con nadie.
Tenemos toda una vida para vivirla… y una facilidad inquietante para desperdiciarla. Tenemos religión para la fe, canciones para llorar, sueños de grandeza antes de dormir y una doble personalidad para sobrevivir al día siguiente. Tenemos certezas que duran minutos y miles de quizás que no se resuelven nunca.
La verdadera lección no está en lo que obtenemos, sino en lo que perdemos sin darnos cuenta. En los trenes de madera que dejamos de mirar. En las piedras que ya no lanzamos al río. En las despedidas que no supimos decir mejor. En las relaciones que sostuvimos cuando ya no había elección, solo inercia. Todo termina. No como amenaza, sino como recordatorio.
Y quizá esa sea la única sabiduría posible: entender que cada escena —la vergüenza en un motel, el beso en una esquina, la soledad compartida, el trofeo alzado, la caída en bicicleta— vale precisamente porque no se repite.
Recordar que hay que morir no es morboso. Es urgente. Porque desperdiciar, tarde o temprano, pasa factura. Y la vida —con todo su caos, su erotismo incompleto, su belleza accidental— no espera a que estemos listos para entenderlo.
