¿Entonces qué? ¿Nos casamos?

¿Entonces qué? ¿Nos casamos?

El amor tiene dos enemigos y ambos duermen en casa.

Durante años nos enseñaron que el matrimonio es la culminación natural del amor. El final feliz. La meta. El logro. La validación social. Pero pocas veces nos dijeron la verdad: el amor tiene enemigos, y los más peligrosos no están afuera. Tienen dos nombres, muy respetables de paso, pero enemigos finalmente. Uno es el matrimonio. El otro, el amor ideal.

El primero mata al amor por certeza. El segundo, por expectativa. El matrimonio no nace como un acto romántico, sino como un contrato. Siempre lo fue. Su función histórica no es amar, sino ordenar: la herencia, los hijos, el apellido, el patrimonio, la estabilidad social, el consumo. A la sociedad le conviene el matrimonio porque reduce el caos, garantiza continuidad y produce ciudadanos previsibles. No es casualidad que aun en 2025 se nos siga empujando —con sonrisas, tradiciones y tabúes maquillados— a creer que el amor verdadero debe desembocar ahí. El problema no es el compromiso. El problema es confundir el compromiso con la institucionalización del deseo. El amor necesita incertidumbre para respirar. El matrimonio, en cambio, se construye sobre la promesa de permanencia. Y cuando la permanencia se vuelve obligación, el amor empieza a perder alma. No de golpe. No con ruido. La pierde por desgaste.

Conviene precisar algo para evitar lecturas cómodas o superficiales. Cuando aquí hablo de matrimonio, me refiero al matrimonio tal como lo concibe el 99.99 % de las personas —por usar una cifra irónicamente exacta—: como estructura cerrada, definitiva, normada, pensada para eliminar la incertidumbre, no para convivir con ella. No estoy hablando de infidelidades, aventuras paralelas ni de esos atajos narrativos que algunos confunden con “picante” o “calor” en la relación. La incertidumbre a la que me refiero no tiene que ver con traiciones ni con transgresiones fáciles, sino con algo más incómodo: aceptar que el otro no es propiedad, que el deseo no se administra y que el amor auténtico nunca ofrece garantías totales.

Pero si el matrimonio es el enemigo estructural, el amor ideal es el enemigo íntimo. El amor ideal es esa imagen que cada uno construye en la cabeza durante años: cómo debe amar el otro, cómo debe desear, cómo debe reaccionar, cómo debe acompañar, cómo debe ser. Entonces nos casamos —o nos comprometemos— no con la persona real, sino con la versión imaginada de esa persona. Y a partir de ahí comienza el verdadero conflicto: intentar que el otro encaje. Aquí aparece el mito más violento de todos: “Si me ama, cambiará”. No para crecer, sino para ajustarse. El matrimonio, combinado con el amor ideal, se convierte entonces en el lecho de Procusto: una estructura donde el otro debe ser estirado o amputado para caber. Si es demasiado libre, se recorta. Si es demasiado distinto, se corrige. Si no responde a la fantasía, se presiona. Y cuando no funciona, se culpa al amor, nunca al molde.

La analogía no es casual. En la mitología griega, Procusto no era un asesino impulsivo, sino un anfitrión meticuloso. Ofrecía una cama perfecta a sus visitantes, pero exigía que el cuerpo se adaptara a ella. Si sobraba, amputaba; si faltaba, estiraba. El problema nunca era el lecho, sino el cuerpo del otro. Así opera muchas veces el amor institucionalizado: no se cuestiona el molde, se corrige a la persona. Se confunde compatibilidad con obediencia, armonía con ajuste, compromiso con renuncia identitaria. Y cuando el otro sufre, no se revisa la estructura; se le acusa de no encajar, de no amar bien, de no esforzarse lo suficiente.

Pero la vida no funciona así. Las personas no vienen a cumplir guiones ajenos. El amor no sobrevive a la domesticación prolongada. Por eso tantas relaciones mueren sin una gran tragedia. No explotan: se marchitan. Se vuelven funcionales, correctas, socialmente aceptables… y profundamente vacías. Siguen juntas por inercia, por hijos, por miedo, por costumbre, por reputación. Siguen juntas, pero ya no se eligen. Decir todo esto no es atacar al matrimonio ni despreciar el compromiso. Es señalar una verdad incómoda: el amor no soporta bien las jaulas, aunque estén decoradas con buenas intenciones.

Tal vez por eso hoy las personas no se casan menos, sino más. Pero ya no para durar, sino para divorciarse. Como si el matrimonio se hubiera convertido en un rito de paso hacia su propio naufragio. Se celebra con entusiasmo, se firma con solemnidad y se abandona con la misma naturalidad con la que se cancela una suscripción. Y lo más inquietante no es el divorcio, sino lo que ocurre cuando ni siquiera eso sucede. Cuando los matrimonios no se rompen por hijos, por miedo, por costumbre o por reputación. Cuando dos personas que ya no se soportan siguen durmiendo en la misma cama, compartiendo una intimidad vacía, administrando una vida en común, sin deseo ni elección.

Ese es el verdadero horror silencioso: no el conflicto, sino la convivencia sin amor. La normalización de la renuncia. La domesticación del hastío. Ver al otro cada noche y saber —sin decirlo— que ya no se eligen y nos hemos acostumbrado a confundir estabilidad con resignación. No porque el amor haya fracasado más que antes, sino porque la estructura que prometía contenerlo se ha vuelto incapaz de sostenerlo. El matrimonio ya no garantiza nada, salvo la constatación tardía de que dos personas que se amaron no supieron —o no pudieron— convivir sin destruirse.

El amor real —no el ideal— exige algo que casi nadie quiere aceptar:
ver al otro como es, no como debería ser. Y aceptar que amar no garantiza permanencia, solo autenticidad. Tal vez por eso el amor nos da tanto miedo. Porque no promete seguridad. Promete verdad. Y la verdad, como siempre, no encaja bien en las instituciones.

Aquí no busco destruir nada, sino evidenciar algo que aprendí tarde, pero aprendí bien: el amor no muere porque falle, muere cuando lo obligamos a parecerse a lo que nunca fue.

Regresar al blog

Deja un comentario