De las expectativas y otros demonios
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Las expectativas son una forma elegante de autoengaño.
Nacen con apariencia noble. Se presentan como confianza, como fe en el otro, como un gesto de buena voluntad hacia el mundo. Pero con el tiempo uno descubre que las expectativas no son otra cosa que historias privadas que escribimos en la cabeza sobre personas que nunca leyeron el guion. Ahí empieza el problema. Decimos frases que parecen inocentes casi parbularias: “Eso sí que no lo esperaba” o “Yo nunca hubiera hecho eso”.
Pero detrás de esas frases hay algo mucho más profundo y más peligroso: la convicción silenciosa de que los demás deberían actuar según nuestro propio código moral. Como si la vida fuera un espejo limpio donde cada uno refleja lo que cree correcto. Pero la vida no funciona así. Las personas no son versiones imperfectas de nosotros mismos. No piensan como nosotros, no sienten como nosotros, no reaccionan como nosotros. Y, sin embargo, pasamos años construyendo una idea de quiénes son, de qué harían, de qué jamás harían. El error no está en ellos. El error está en la película que proyectamos sobre sus caras.
A lo largo de los años uno levanta un pequeño mundo de expectativas: sobre la pareja, sobre los amigos, sobre la familia, sobre las lealtades que creemos evidentes. Y ese mundo funciona bien… mientras nadie lo contradiga. Hasta que un día alguien hace exactamente lo que jurábamos que no haría nunca. Entonces llega el golpe. No porque el acto sea necesariamente monstruoso, sino porque rompe el guion. La mente entra en cortocircuito. La sorpresa se convierte en rabia. La rabia en decepción; y la decepción en algo más profundo: una grieta en la forma en que entendíamos a esa persona. Ahí es donde aparecen los demonios. No los demonios del otro, sino los demonios de nuestras propias expectativas. Esos que nos susurran que el mundo debería haber sido distinto, que ciertas personas deberían haber estado a la altura de la historia que les escribimos en silencio. Pero nadie firmó ese contrato. Ese es el punto brutal que cuesta aceptar: los demás no tienen ninguna obligación de ser la versión que imaginamos de ellos. Ni los amigos. Ni la familia. Ni las personas que amamos.
El mundo está lleno de decepciones que no nacen de la maldad, sino de algo más simple: la diferencia entre lo que esperábamos y lo que realmente eran. Ahí, justo ahí, aparece la única salida posible: dejar de esperar. No como gesto cínico, sino como acto de lucidez. Cuando uno deja de exigir que los demás cumplan las expectativas que nunca prometieron, algo cambia. Las personas dejan de ser personajes de nuestra novela moral y se convierten en lo que siempre fueron: seres humanos, contradictorios, imperfectos, capaces de gestos nobles y de miserias inesperadas. Eso no evita el dolor. Pero evita la sorpresa.
Las expectativas son peligrosas porque hacen del mundo un lugar más pequeño de lo que es. Lo reducen a nuestras propias reglas, a nuestros propios límites, a nuestras propias ilusiones de coherencia. El mundo —para bien o para mal— nunca prometió tanto. Por eso este texto no es una acusación. Es una dedicatoria silenciosa a todos aquellos que alguna vez rompieron una expectativa que yo mismo fabriqué. Personas que, sin saberlo, me enseñaron algo incómodo pero esencial: que el verdadero problema nunca fue lo que hicieron… sino lo que yo creía que nunca harían. Cuando uno entiende eso, desaparece una parte de la ingenuidad. No se vuelve más sabio. Solo más atento.
Conviene decir algo más, para que no quede la impresión cómoda de que hablo desde una moral inmaculada. No. He fallado en formas casi perfectas. He herido. He dicho cosas que no debía decir y he hecho cosas que no debí hacer. Pero cuando entendí que había cruzado una línea, lloré. Hablé. Grité. Pedí perdón. Me arrodillé —metafórica y literalmente— frente a algunas personas para intentar reparar lo que había roto. Ahí descubrí algo todavía más perturbador. Para cierto tipo de personas, la fragilidad ajena no despierta compasión. Despierta instinto. Es como si existiera un sensor invisible que detecta cuando alguien está en el suelo. Cuando eso ocurre, lejos de detenerse, algunos sienten la tentación de rematar. De humillar un poco más. De recordar la caída. De apretar donde ya duele. Como si el perdón fuera una debilidad que merece castigo.
Inevitablemente me digo: si lo que yo hice me lo hubieran hecho a mí, seguramente lo habría detestado. Me habría dolido. Me habría indignado. Pero aun así —y esto lo digo con absoluta certeza— nunca habría disfrutado aplastar a alguien que ya estaba derrotado. Ahí es donde la reflexión se vuelve incómoda. Entender que el ser humano no siempre necesita razones para hacer el mal. Muchas veces basta con la oportunidad. El daño aparece con una naturalidad inquietante, casi instintiva, como si estuviera programado en alguna zona primitiva del carácter. Pero pedirle a ese mismo ser humano un gesto mínimo de bondad, una pizca de hidalguía, un acto simple de bondad… una pequeña pausa antes de aplastar a alguien que ya está en el suelo. Verás lo extraordinario que resulta. No porque no puedan hacerlo, sino porque no quieren.
Esa es quizá la lección más amarga de todas: no es la maldad lo que sorprende. La maldad es previsible. Lo verdaderamente raro —lo verdaderamente extraordinario— es encontrar a alguien que, teniendo la oportunidad de destruir, decida no hacerlo.
No todos son así, dirán algunos. Es probable. Pero basta con unos pocos para que la lección quede aprendida. Por eso, con los años uno empieza a preferir ciertas compañías más silenciosas, más honestas, más previsibles.
Inevitablemente se estampa en mi cara una verdad simple, sencilla, pero profundamente exacta y no lo digo yo, lo dijo Arthur Schopenhauer o, en otras versiones, a Lord Byron: mientras más conozco a los seres humanos, más agradezco la compañía de mis perros.
Debo admitir algo que, visto desde fuera, podría parecer una excentricidad más de este pequeño tratado contra las expectativas humanas. En los últimos años me he sorprendido, sin haberlo decidido conscientemente, teniendo conversaciones bastante serias con mis dos perrillos —dos diminutas chihuahuas que, para mi fortuna, no tienen ninguna pretensión moral ni filosófica. A veces les hablo de la vida, les hago preguntas, incluso ensayo reflexiones que probablemente no me atrevería a formular frente a muchas personas. Ellas no responden con discursos ni con juicios; responden con la mirada, con un leve movimiento de cabeza, con esa presencia tranquila que solo los perrillos saben ofrecer. Lo curioso es que, en más de una ocasión, he tenido la sensación de que entienden perfectamente lo que digo. No prometen grandeza moral. No hablan de lealtad: la practican. No construyen expectativas para luego romperlas. Solo están ahí; y a veces —después de conocer demasiado a las personas— eso resulta suficiente. Al menos para mi.
Aquí no hay un final feliz. Ni un final esperanzador. Ni siquiera uno de esos finales tibios donde se promete aprender algo. Eso terminó hace años. He fallado, he herido y he traicionado a algunas personas. Eso no lo niego. Pero también he llorado, he pedido perdón, he hablado hasta quedarme sin palabras. He intentado reparar lo que pude reparar; y en ese proceso descubrí algo que ya no puedo ignorar. Cuando uno se arrodilla para pedir perdón, algunos no ven arrepentimiento. Ven oportunidad. La oportunidad de recordar la caída, de apretar un poco más, de humillar un poco más, de disfrutar la superioridad momentánea. Hay personas para quienes la fragilidad ajena no despierta compasión. Despierta instinto.
No busco reconciliaciones ni promesas. Tampoco busca redimirme frente a nadie. Lo escribo por mí, para cerrar una cuenta interna que llevaba demasiado tiempo abierta. No porque espere algo de quienes lo lean. Al contrario. Lo escribo porque he aprendido algo que me resulta imposible olvidar: el problema no son las personas que en silencio me decepcionaron, sino la idea absurda de que los seres humanos iban a ser mejores de lo que son.
Tal vez la única forma honesta de seguir adelante sea aceptar eso y dar un paso atrás. No para desaparecer del mundo físicamente, aunque las ganas están allí. Pero sí para desaparecer de las expectativas, de las cercanías innecesarias, de las lealtades que se rompen con tanta facilidad. Porque hay una forma silenciosa de protegerse: dejar de apostar por las personas. Aprender, finalmente, a vivir sin esperarlas.
