Los siniestros del corazón
Share
Sí, el corazón, claro está, no es el tercer huevo, como Márquez mencionó en una de sus obras. Es bien sabido por quienes ya pasamos por estos devenires del destino que es tremendo hijo de puta. Si no, ¿cómo se explicaría tanta cursilería y miel derramada a lo pendejo por cobrarse un día de paz en los tiempos de guerra?
Si el corazón ya lo definimos como hijo de una mala y chingada madre, no se hable del desprestigiado y manoseado matrimonio. Cabe mencionar de este, que proviene de una ralea distinta de hijos de puta, con el agregado de su enorme dependencia del entorno, léase: sociedad, amigos, hijos, etc. Ni el corazón ni el matrimonio son tan malos, pero ambos juegan el tremendo papel de asustar o hacer sentirse demasiado seguro al amor.
Sí, ese amor al que ni siquiera le poníamos nombre cuando floreaba en sus umbrales. Ojo, cuando empezamos a llamarlo amor en todas sus presentaciones, te amo, te adoro, te extraño, nena, baby y ciento treinta y cuatro pendejadas más, es cuando al que queremos convencer es a nosotros mismos de que las cosas siguen igual de bien como al principio.
La naturaleza de los siniestros del corazón y la pareja, por pertenecer a las instancias de la locura, es mejor no tratar de entenderlas. Mucho menos buscarle culpable, porque en estas historias de dos, los culpables son dos, por la sencilla razón de que no hay más.
¿Aconsejarlos? Solo que estuviera loco; esto es de ustedes y es a ustedes a los que, a cada cual, por su lado, se les ama y siempre desearé lo infinitamente mejor.
No dejo de lamentar lo que les está pasando. Pero les digo que, si quieren hablar, cuentan conmigo; si quieren celebrar, tengo vino como siempre; si quieren llorar, lloramos juntos, que para eso estamos los amigos; si no, ¿para qué carajo?
- Fragmento del libro: "Letras Prohibidas"
- Autor: Adrian Thomas
