El día antes que llegues
Share
Despertaba todos los días a las seis en punto. Nunca necesitaba alarma: mi cuerpo conocía la hora con una precisión casi mecánica. El café se preparaba solo —por costumbre, no por placer—, y el sonido de la cafetera llenaba el apartamento con una promesa que nunca cumplía. El agua de la ducha tenía la misma temperatura cada mañana, y la toalla que usaba era siempre la segunda del estante, doblada en ángulo exacto.
Mi vida era un catálogo de hábitos.
Podía describir cada minuto sin equivocarme:
A las seis y media, el café;
A las seis cuarenta y cinco, el espejo;
A las siete, el abrigo beige y los zapatos negros;
A las siete y cuarto, el ascensor que olía a colonia vieja y a indiferencia;
A las siete y veintitrés, el metro, línea amarilla;
A las ocho, el mismo escritorio, los mismos papeles, las mismas voces.
El orden me protegía. Era como vivir dentro de una fotografía: todo quieto, sin ruido, sin vértigo.
Fumaba un cigarrillo a las diez y media, justo después del segundo correo de la mañana. Comía sola frente al ventanal del comedor, con mi libreta al lado, apuntando cosas que ya sabía de memoria. Volvía a casa a las seis y media, compraba comida china, cenaba viendo la televisión. Sabía de memoria cada diálogo de las series que seguía. Podía cerrar los ojos y adivinar qué iba a decir el presentador antes de hablar.
Leía siempre media hora antes de dormir. A las diez, muy puntual, apagaba la lámpara.
Y justo antes de dormir, pensaba que así sería el resto de mi vida: correcta, estable, predecible. Sin sobresaltos. Sin preguntas. Sin hambre.
Y entonces llegaste tú.
No sé si fue en la calle, o en la lluvia, o en ese instante donde todo parece casual, pero nada lo es. Solo recuerdo que el aire cambió. Te vi. Y algo en mí —algo que había dormido años— respiró de golpe, como si volviera a la vida.
Tu voz rompió mi rutina como un relámpago. Tu mirada era la negación del equilibrio. Y tu presencia, una grieta hermosa en mi orden perfecto.
Aquel día llegué tarde al trabajo. No por tráfico, sino porque no podía dejar de pensar en ti. El reloj perdió sentido. Las listas, los horarios, los pendientes... se disolvieron.
Esa noche, por primera vez en años, olvidé comprar la cena. No encendí la televisión. No leí. Solo esperé. El reloj marcó las diez, y no apagué la lámpara. Por dentro, algo ardía sin nombre.
Desde que llegaste, todo lo que era rutina se volvió promesa. La taza de café ahora humea distinto. El espejo me devuelve otra mujer: la que había olvidado que existía.
Y aunque el mundo siga igual —la estación, los trenes, los horarios—, ya nada en mí sigue en su sitio.
El día antes de que llegaras, yo existía.
Desde que llegaste, estoy viva.
