La genial brutalidad del tiempo "Notas desde el día en que entendí demasiado tarde"

La genial brutalidad del tiempo "Notas desde el día en que entendí demasiado tarde"

Con el tiempo no te vuelves más bueno ni más sabio.
Te vuelves menos ingenuo.
Y esa diferencia lo cambia todo.

Con el tiempo entiendes que los verdaderos amigos no se buscan ni se multiplican: se revelan. Y casi siempre lo hacen cuando ya es tarde, cuando la vida ha pasado por encima y ha dejado solo a los que no necesitaban quedarse. Descubres que quien lucha demasiado por conservar afectos suele hacerlo por miedo, no por amor, y que ese miedo es el terreno fértil de las amistades falsas.

Aprendes también que disculpar es un acto social, pero perdonar es una decisión ontológica. No todos están hechos para perdonar, porque no todos están dispuestos a cargar con la herida sin convertirla en identidad. Perdonar exige una grandeza incómoda: aceptar que el daño ocurrió, que no habrá reparación completa, y aun así decidir no vivir desde el resentimiento.

Con el tiempo comprendes algo todavía más devastador: hay vínculos que no se rompen, pero se deforman para siempre. Cuando hieres profundamente a alguien que te importaba, la relación puede continuar, pero ya no vuelve a ser lo que fue. Y madurar consiste en aceptar esa pérdida, sin romanizarla, sin exigirle a la vida segundas versiones que no existen.

También llega el día en que descubres que llorarás más por quienes dejaste ir que por quienes te abandonaron. No por nostalgia, sino por conciencia. Porque cada experiencia humana es irrepetible y la mayoría de los encuentros importantes ocurren una sola vez, aunque el calendario insista en llamarlos “etapas”.

Con el tiempo se hace evidente que forzar las cosas no es determinación, sino soberbia. Que apresurar procesos es una forma elegante de despreciar la realidad. Que muchas veces el error no fue lo que pasó, sino la incapacidad de habitar el instante por estar obsesionados con un futuro que nunca llegó.
Y aquí aparece la verdad más incómoda de todas: solo con el tiempo se aprende, pero cuando se aprende, ya no se puede volver atrás.

Por eso hoy entiendo algo que antes solo intuía: vivir como si no tuviera nada que perder no es una pose romántica, es una postura ética. Es aceptar que la vida no garantiza nada y que la única forma digna de atravesarla es sin reservarse, sin administrarse, como quien cuida un capital que igual se perderá.

Vivir como si cada día fuera el último no es imprudencia: es lucidez.
Besar como si no hubiera inventario.
Gozar sin la ilusión de repetición.
Beber una copa de vino sin la fantasía de que habrá otra mejor.
Decir lo esencial sin posponerlo para una versión futura de uno mismo que probablemente no exista.

Porque cuando a uno realmente le da igual perderlo todo, sucede algo radical: se desmantela el miedo. Se caen las ataduras morales heredadas, las lealtades forzadas, los compromisos vacíos, la timidez socialmente educada, el terror a decepcionar a quienes nunca estuvieron dispuestos a comprender.
Cuando uno acepta la posibilidad de perderlo todo, recién entonces empieza a estar en condiciones de ganarlo todo.

¿Y qué es “todo”?
No es éxito.
No es reconocimiento.
No es estabilidad.
Es coherencia.

Es decir, y hacer sin traicionarse.
Es mirar de frente las propias contradicciones.
Es no vivir como rehén de la opinión ajena.
Es caminar sin garantías.
Es asumir el costo de ser auténtico.
Eso es libertad.
Y la libertad no promete felicidad: promete verdad.

Como decía Jesús, —y casi nadie soporta entenderlo—: la verdad no tranquiliza, libera. Y liberar no es consolar; es arrancar de raíz lo que ya no sirve.
Al final, no se trata de llegar ilesos. Se trata de llegar íntegros. No intactos, sino fieles a lo que uno fue capaz de sostener cuando ya no quedaba nada que proteger.
Al final No te preguntan cuánto lograste, ni a cuántos complaciste, ni qué tan correcto fuiste, según el manual de otros.

Al final solo queda una pregunta, seca, sin poesía, sin consuelo:
¿Viviste como querías… o como te dejaron?
Todo lo demás —éxitos, excusas, miedos, aplazamientos— se vuelve ruido.

El tiempo no perdona.
No negocia.
No se conmueve.
Y cuando ya no tienes nada que perder, descubres la verdad más incómoda de todas:
“Nunca lo tuviste”.
Cierras los ojos sabiendo eso, y por primera vez, no tiemblas.
Porque perderlo todo era la última mentira que te faltaba soltar.

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