La entrevista imposible

La entrevista imposible

LA ENTREVISTA IMPOSIBLE

 Un periodista despierta en un lugar sin tiempo, convocado —o arrastrado— a lo que parece la gran exclusiva de su vida: una entrevista con Dios y otra con quien se le opone. Las respuestas que recibe no tranquilizan a nadie; solo desnudan, con una frialdad casi elegante, el desastre que hemos construido. Cuando por fin entiende dónde está y qué está ocurriendo, ya no tiene derecho a repreguntar. Solo a elegir.

 PRÓLOGO

El lugar donde nadie te avisa que ya no estás vivo

Lo último que recuerdo de “antes” es vulgar: un dolor en el pecho, un zumbido en los oídos y la pantalla del computador desenfocándose mientras intentaba cerrar un párrafo. No hubo túnel, ni voces, ni coros. Solo un corte brutal, seco.

Después, esto.

Desperté en una especie de sala sin paredes definidas. No era blanco, tampoco negro: era como estar dentro de una niebla con forma de habitación. No había ventanas, no había puerta visible. No hacía frío, no hacía calor. Noté algo que debería haberme alarmado más: respiraba, pero no necesitaba aire.

Mi reacción fue profesional, no espiritual:

“Debo estar en coma. Esto es una alucinación. El cerebro hace lo que puede con lo que le queda.”

Y entonces, la voz.

—No es una alucinación.

No retumbó. No venía de arriba. Tampoco de afuera. Era como si alguien hubiera hablado dentro de mi pensamiento sin pedir permiso.

—¿Quién…? —pregunté, por reflejo.

—Llámame como quieras. Ya usaste suficientes nombres escribiendo sobre mí.

No vi figura. No vi barba, ni túnica, ni símbolo. Solo una cualidad nueva en el espacio: presencia. Algo que no estaba ahí un segundo antes.

Fue mi cerebro de periodista el que reaccionó primero:

“Esto es una fuente. Una fuente imposible. Pero una fuente”.

Y la pregunta que llevaba años flotando en el fondo apareció sola, sin filtro:

—¿Puedo entrevistarte?

La respuesta fue inmediata, pero sin prisa:

—Para eso estás aquí.

Solo entonces advertí el detalle que, visto en retrospectiva, era obvio: no tenía cuerpo reconocible, pero sí conciencia nítida, memoria, lucidez.
Y una certeza incómoda, aún negada: algo se había roto definitivamente “del otro lado”.
 

Pero hice lo que he hecho toda mi vida: saqué la libreta mental y empecé a preguntar.

1. Entrevista con Dios

El que no empuja, espera

P. Cuando se puso en marcha la vida, ¿ya sabía en qué iba a terminar el hombre?

D. No escribo finales. Pongo en marcha procesos. Activo leyes. La naturaleza no es un juguete; es un organismo libre. Si la manipulara a capricho, la mataría. Lo humano surge de ese proceso: inteligencia, afecto, contradicción, capacidad de dañar y de reparar.

Yo no fabrico marionetas. Doy libertad y espero.

P. ¿Y mientras espera, qué hace?

D. Sostengo que el ser exista. El resto es tarea de ustedes.

P. Desde acá abajo, se siente como silencio.

D. No hay silencio. Hay ruido. Si el hombre aprendiera a callar hacia afuera y hacia adentro, descubriría que no necesita que le grite. Muchas de las cosas que ustedes llaman “conciencia”, “claridad moral”, “ese nudo en el estómago cuando hacen algo mal”, es mi voz. No son frases, son insistencias.

P. Entonces la pregunta obligada: si es bueno, ¿por qué permite lo abominable? Guerras, genocidios, niños arrancados de sus padres, economías diseñadas para aplastar a los frágiles…

D. Porque la libertad no es un adorno teórico.

Si el ser humano ha de poder elegir el bien, ha de poder elegir el mal. Si elimino la posibilidad de lo abominable, elimino la autenticidad del bien.
Y entonces ustedes serían un experimento, no una historia.

La vida humana es un laboratorio moral. No garantiza éxito, garantiza prueba. El dolor no es un plan mío; es una consecuencia de la libertad en manos de criaturas que aún no han aprendido a usarla.

P. Eso suena muy correcto… para quien no es el que sufre.

Silencio. Pero no era indiferencia. Era algo más cercano a la gravedad.

D. No minimizo el sufrimiento. Lo soporto con ustedes.

Lo que no haré es anular la libertad para evitar que ustedes se hieran. Eso sería negarles la posibilidad de volverse verdaderamente buenos. Deben poder negarme, odiarme, blasfemarme… para que también puedan elegir algo distinto con pleno conocimiento.

P. ¿El mundo está cerca de su fin?

D. Todo mundo ha estado siempre cerca de su fin. Pero este ha decidido acelerar.

Ha convertido la naturaleza en combustible de una maquinaria ciega. Ha levantado una economía cuya lógica solo entienden unos pocos, y que exige que la mayoría no la entienda para poder someterla. Ha dejado la política en manos de animales heridos, acomplejados, con ínfulas de salvadores, de mesías que han llegado a redimir a sus pueblos y claro, con micrófonos, caudillos que aman más su reflejo que a su pueblo. Y ha normalizado la idea de que todo lo que no produce rendimiento inmediato es un estorbo.

No necesitan un meteorito. Les basta seguir como van.

P. ¿Hay punto de retorno?

D. Siempre lo hay… hasta que deja de haberlo.

La Tierra tiene paciencia, no infinitud. Los sistemas sociales tienen resiliencia, no inmortalidad. Ustedes están arrancando pedazos del barco para alimentar la fogata del salón.

P. ¿Veremos algún día el paraíso en la Tierra?

D. No en el sentido en que lo esperan: un estado perfecto administrado desde arriba.

Lo único parecido que tendrán serán instantes: la sonrisa de un niño, un acto de justicia que nadie ve, una mano que sostiene cuando no le conviene, una verdad dicha a pesar del costo.

El paraíso no es un lugar; es la cualidad de ciertos actos. Y nadie puede decretarlos por ley.

P. ¿Dónde está usted mientras todo esto ocurre?

D. Dentro de cada decisión que se toma contra el propio ego, a favor de otro.
Dentro de cada gesto que rompe el circuito de la venganza, del rencor o del interés puro.

El problema es que ustedes miran más las pantallas que los rostros. Y eligen líderes que les prometen no tener que madurar o peor que eso, les niegan que se eduquen, que afinen su sentido común y les limitan a toda costa, su capacidad de análisis, el correcto, claro está.

P. ¿Quiénes son los enemigos del alma hoy?

D. Los que le enseñan a confundir valor con precio. Los que educan para el consumo, no para la responsabilidad.

Los que predican que “todo es relativo” hasta que pierden un hijo; entonces, misteriosamente, sienten que algo objetivo se ha roto. Y, sobre todo, el propio yo cuando exige ser el centro de todo.

P. ¿Y la esperanza? No la que se imprime en una pancarta, la real.

D. La esperanza real no es optimismo. Es un tipo de obediencia lúcida: seguir haciendo el bien cuando nada indica que funcione; seguir diciendo la verdad cuando todo aconseja callar; seguir cuidando cuando el cálculo dice que no vale la pena.

Es minoritaria, pero es contagiosa.

P. ¿Algún día verá el hombre cumplido el sueño del paraíso?

D. No como una fotografía fija. Pero cada vez que alguien renuncia a una venganza, cada vez que un corrupto decide no firmar, cada vez que un padre pide perdón en lugar de imponer, cada vez que un pobre comparte lo poco que tiene, el paraíso parpadea un instante en la Tierra. Y eso no se pierde, aunque ustedes lo olviden.

La voz calló. La sala volvió a ser solo eso: sala.

  • No hubo despedida.
  • No hubo “vete en paz”.
  • Solo una certeza incómoda: no había sido un sueño.
  • Y otra: no estaba volviendo a ningún lado.

2.  Entrevista con Nataivel

El que ofrece atajos

La segunda vez no hubo anuncio. Solo la aparición de una puerta roja, de un rojo que no he visto jamás en el mundo: no era pintura, era como si la madera estuviera impregnada de sangre seca y vino viejo.

La puerta se abrió hacia mí sin que yo la tocara.

Dentro, la escena era otra: un salón amplio, con paredes casi negras, iluminado solo por el fuego de una chimenea baja. Un sillón de cuero envejecido frente al fuego. Y él.

Traje negro perfecto, sin una arruga. Camisa gris oscura, sin corbata. Cabello largo, recogido en una cola baja. Barba espesa, pero cuidada con una obsesión casi quirúrgica. En la mano derecha, un bastón con empuñadura metálica: la cabeza de una criatura indefinible, mezcla de felino y serpiente, pulida hasta el brillo.

Y los ojos.

Ámbar.
Con la pupila vertical, felina, como la de un gran depredador en calma.
No pestañeaba.

 —Nataivel, supongo —dije, más para probar mi voz que por valentía.

Sonrió apenas.

—Los hombres son creativos con los nombres. Me has y han llamado peor que eso. Me quedo con ese y lo vamos a dejar pasar.

Se sentó sin preguntar si podía hacerlo. El fuego pareció crecer un poco cuando se acomodó. Yo permanecí de pie unos segundos, dudando si estaba frente a un monstruo, un político o un viejo muy bien vestido. Al final me senté frente a él.

Saqué la libreta que ya no tenía. Vieja costumbre: el gesto apareció igual.

—Quiero hacerle unas preguntas —dije.

—Y yo quiero divertirme un rato —respondió—. Estamos empatados. Pregunte.

P. ¿Por qué el fuego? Es inevitable asociarlo con usted.

Nataivel. El fuego no es un castigo. Es un maestro de evidencias.
No purifica. Te muestra qué eres y qué hiciste, sin anestesia.
El infierno no es un lugar subterráneo con calderos; es la intensidad desnuda de tus decisiones, sin excusas ni distracciones.

P. ¿Eso quiere decir que el hombre crea su propio infierno?

N. Desde el primer día. Yo solo me encargo de no apagarlo.

P. Entonces vamos al núcleo: ¿qué es el mal, para usted?

N. El mal es el atajo.

Quieres llegar a un lugar —seguridad, poder, placer, reconocimiento— pero no quieres pagar el costo real de llegar ahí: tiempo, trabajo, renuncia, disciplina, verdad.

El mal te hace una oferta: “Te llevo igual, pero más rápido y sin esfuerzo. Solo hay pequeñas condiciones.”

No invento el deseo.

No invento la herida.

Solo me limito a señalar la puerta que dice “Entrada rápida”. La mayoría entra sola.

P. ¿El hombre es malo por naturaleza?

N. No… Uhm, espera, no lo sé. Mira que el diablo sabe más por viejo que por diablo, pero aún no llego a una teoría concluyente. De lo visto y seguidos a muchos durante los siglos de los siglos; tengo la impresión de que el hombre, entiéndase el ser humano, hombre y mujer, nacen con una memoria vacía, digámoslo así. Pero estoy llegando a una conclusión de que el ser, tiene cierta facilidad para la aplicación del mal de forma muy rápida y efectiva. Lo que me lleva a decirte que, posiblemente los humanos no nacen malos, pero tienen una cierta tendencia a dejarse llevar por ese camino sin recurrir a mucho esfuerzo para resistirlo. Lo vemos en ejemplos muy básicos y mundanos: -necesitas boicotear a tu companero de trabajo para subir de puesto, por jerarquía, cierto poder y claro, el infaltable dinero. Hablas mal de el, sea cierto o no y te ganas la gracia del superior. Pero no basta con aquello, el superior también forma parte de esos modelos de comportamientos y se conectan perfecto con el sujeto. Este, es un ejemplo en extremo burdo y barato, pero digamos que me sigues la idea; y así puedo nombrar un millón cuatrocientos mil quinientos ejemplos en dos millones setecientos mil situaciones. Para el ser humano es muy facil activarse para hacel el mal, por mínimo que sea, por lo contrario, activarse para el ejercer el bien, sin asegurar que resulte imposible, pero le genera algo más de esfuerzo. ¿Comprendes el ejemplo?

El hombre es inmaduro por naturaleza. Y la inmadurez es terreno fértil: quiere todo, ahora, sin costo. Quiere ser amado sin amar, respetado sin respetar, libre sin hacerse cargo de las consecuencias.

Lo que vuelve malo al hombre no es su esencia; es su relación con los otros hombres, cuando ve en ellos solo escalones, obstáculos o espejos donde admirarse.

P. Hablemos de algo más concreto: la economía. Hoy muchos sienten que es un lenguaje diseñado para que no se entienda.

N. Porque lo es.

Una economía verdaderamente comprensible haría más difícil ciertos abusos.
Una economía convertida en jerga, en culto técnico, en números incuestionables, es el sueño húmedo de cualquier élite.

La belleza del sistema actual es que convierte la depredación en “eficiencia” y la precariedad en “daño colateral”.

Y ustedes lo aceptan porque temen más perder el empleo que perder el alma.

P. ¿Y los políticos? Los caudillos que arrastran masas fanáticas.

N. Son mis alumnos más aplicados.

Tomemos unos nombres al azar —latinos, para que el lector entienda el mapa humano del que hablo—: Chávez, Castro, Correa, Maduro, Ortega. Permíteme detenerme aquí un minuto, porque estos personajes son fascinantes en su miseria. A mí, que soy quien soy, nada suele sorprenderme… y, sin embargo, al hurgar en las cabezas y en los corazones de un par de ellos encontré algo revelador. A algunos no los mueve —al menos no principalmente— el dinero, ni la voracidad de llenar bolsillos propios o ajenos. No. Lo que los domina es algo más primario y corrosivo: hambre de poder, la necesidad de sentirse adorados, esa idolatría tóxica que emana de quienes les besan los pies convencidos de estar frente a un salvador.

Son, en su imaginario, una mezcla de Bonaparte, Alejandro Magno y Gengis Kan. Créeme: son realmente extraordinarios en su degeneración. Asquerosos, por eso me encantan.

Y no solo están al sur del mapa. Al norte tienes uno —casi podría decir que es mi mano derecha— que habla inglés, luce una piel naranja improbable y lleva el peor peinado que ha conocido la civilización moderna. Es perfecto. ¿Otro ejemplo? Terrible: sin cabello, con una mirada que te quiebra solo de sostenerla.

Cambian el idioma, cambian la bandera, cambia el himno. Pero la ecuación es siempre la misma, invariable, casi matemática:
ego desbordado + relato simple + enemigo claro + un gran discurso (profundísimo… para quienes aún se lo creen).

Para los otros —los pocos que no comen cuento— esos mismos discursos no pasan de ser baratijas retóricas, barullos baratos envueltos en solemnidad.

Les prometen que no necesitarán hacerse adultos; que basta con odiar al rico, al enemigo correcto y aplaudir en el momento adecuado. Y ustedes, encantados, entregan su libertad mientras les descuentan derechos, les dan subsidios, le aseguran un futuro pagado por el estado… entonces claro, ganan las elecciones- Eso si, solo basta mirarlos el primer dia de su mandato. A estos payasitos, no necesito ponerles cuernos. Les basta un buen equipo de comunicación.

P. El dolor estructural: guerras inútiles, niños arrancados de sus padres en fronteras, familias quebradas sentimentalmente, sistemas que parecen diseñados para generar soledad. ¿Qué ve usted ahí?

N. Veo coherencia sistémica.

Si construyes un mundo donde el valor máximo es el rendimiento y la utilidad, tarde o temprano todo lo que no rinde se vuelve sacrificable: enfermos, viejos, niños, débiles, sensibles.

Se empaqueta todo con palabras tranquilizadoras: “reajuste”, “seguridad”, “reforma necesaria”, “eficiencia”. Pero debajo solo hay una idea vieja: lo que estorba, se descarta.

P. ¿Qué lugar ocupa el amor real en ese mundo? No el romántico manipulado por canciones, el amor de verdad.

Por primera vez, bajó la vista. No al fuego, sino a una zona intermedia.

N. El amor de verdad es un problema serio para mí.
En su versión auténtica es innegociable: no compra, no vende, no manipula, entiende, aun cuando resulta imposible, perdona, cuando lo vale y tiene a su par frente a frente, destrozado desde su nucleo, pidiendo perdón desde el corazón, no desde las cuerda bucales.

No se explica en términos de utilidad. Va contra el sistema que tanto me ha costado afinar.

El amor real exige tiempo, renuncia, fidelidad, vulnerabilidad, verdad, y nada de eso es popular. Pero las personas, que son pocas y logran el compendio de todo aquello que forma con integridad al amor, con esos no puedo, no se dejan someter y para ser honesto no pierdo el tiempo gastándome en ese lugar. Pero sigo tranquilo, porque me sobran otros, por millares que son corruptibles con tan solo un chasquido.

Por suerte —para mí— casi siempre lo sustituyen por otra cosa: dependencia, obsesión, necesidad de validación, sexo usado como anestesia… Lo visten de “amor” y lo contaminan de miedo, de control, de chantaje. Eso sí sé trabajarlo.

Cuando el amor aparece en su versión limpia —pocas veces— y como te lo dije antes, yo simplemente no entro. No porque no pueda, sino porque no me interesa perder esfuerzo donde ya he perdido la apuesta.

P. Usted habló de una apuesta con Dios cuando se creó al hombre. ¿La repetiría?

Sonrió con una calma que me heló algo que ya no debía tener: la sangre.

N. La estamos repitiendo ahora mismo.

Mira tu bolsillo.

Instintivamente, hice el gesto de buscar el teléfono. No estaba. Pero lo vi igual: notificaciones infinitas, indignación reciclada, dopamina barata dispuesta en carrusel.

—Ya no necesito tentarte personalmente —continuó—.

Te notificas solo.

3. Entre entrevistas

La sospecha

No sé cuánto tiempo pasó entre una conversación y otra. Aquí, el tiempo no es una línea; es una sensación que viene y se va. Lo que sí sé es que, cuando volví a estar solo, por primera vez me miré a mí mismo.

Y descubrí algo brutal: no tenía cuerpo, pero tenía la misma identidad de siempre. Los mismos miedos, las mismas zonas de cinismo, las mismas cobardías decoradas de prudencia, los mismos orgullos que había aprendido a disfrazar de criterio.

Dios había hablado como quien entrega un diagnóstico sin anestesia.
Nataivel había hablado como quien presume el balance de un negocio en expansión.

Y yo estaba en medio.

Fue entonces cuando la posibilidad que me negaba desde el inicio dejó de ser teoría: quizá ya estaba muerto.

Y estas entrevistas no eran un premio.

Eran un espejo.

4. Dios y Nataivel

Lo que dicen cuando ya no tienen que convencer a nadie

No vi cómo entró. De pronto estaba ahí. No como figura, sino como densidad luminosa. Nataivel no se levantó.

—¿Sigues esperando que aprendan? —preguntó él, sin saludo.

—Sigo esperando que elijan —respondió la presencia.

—Te concedo que algunos lo intentan —concedió Nataivel—. Pero los otros hacen ruido, hacen dinero, hacen historia.

—El ruido no es criterio. El dinero tampoco. La historia, menos.

—Les diste libertad y yo les di atajos —replicó Nataivel—. No digas que no te advertí. 

—Y, sin embargo, siempre hay alguien que rechaza el atajo —dijo la voz.—Uno que se calla cuando podría destruir a otro con una frase. Uno que devuelve dinero que nadie le reclama. Uno que mantiene una promesa que ya nadie recuerda. Eso basta para que el mundo no termine hoy. 

Silencio. El fuego crepitó como si entendiera.

—Todavía esperas —dijo Nataivel, casi con cansancio.

—Espero mientras alguien haga el bien cuando no le conviene —respondió Dios.

No hubo trueno. No hubo relámpago.

Solo una tensión antigua, como si estuviera presenciando una conversación que lleva milenios repitiéndose con variaciones mínimas.

5.   Las dos puertas

El momento en que el periodista lo entiende

Cuando desperté —si es que aquí se puede hablar de despertar— ya no estaba en el salón de fuego ni en la sala de niebla. Estaba en un corredor estrecho, sin techo visible, sin suelo reconocible, pero firme bajo mis pies que no eran pies.

Frente a mí, dos puertas.

La de la izquierda: una luz blanca, silenciosa, sin ornamentos, sin promesas escritas, sin símbolos religiosos. Solo luz. No cegadora; firme.

La de la derecha: una oscuridad limpia, sin sombras que se muevan, sin gritos, sin llamas. Solo una negrura serena, como un teatro vacío antes de una función.

A mi espalda, la voz de Dios. No con tono de juez; con tono de constatación.

—Ya sabes quién eres.

A mi costado, la presencia de Nataivel. Sin bastón esta vez, sin fuego. Solo él.

—Y ya sabes lo que quieres —añadió, sin ironía.

Entonces lo entendí. Todo.

No era un espectador de un debate teológico.

Era el caso de prueba.Un hombre más, evaluado no por sus artículos, no por sus opiniones políticas, no por sus discursos morales, sino por la textura real de sus decisiones. Por las veces en que elegí el bien cuando no me convenía… y las muchas en que elegí el atajo disfrazado de prudencia, conveniencia o “así es la vida”.

Las entrevistas habían sido una cortesía, o una trampa elegante:
la exposición final de las reglas, cuando ya no hay tiempo de reescribir el juego.

—¿Qué hay detrás de cada puerta? —pregunté. Aún me quedaba el reflejo del periodista. 

Dios respondió primero:

—Detrás de una, lo que siempre buscaste cuando no sabías nombrarlo.
Detrás de la otra, lo que siempre fuiste cuando nadie te miraba.

Nataivel sonrió apenas.

—No necesitas más información. Esto no es un examen de opción múltiple. Es un espejo.

Sentí miedo. No del fuego, ni de castigos, ni de demonios. Miedo de algo más simple: de quedar fijado para siempre en lo que realmente soy, sin las excusas, sin el contexto, sin el “pero entiéndeme, fue difícil”.

Di un paso.

El corredor no se acortó ni se alargó. Las puertas no se movieron. Nadie me empujó. Nadie me detuvo.

Otro paso.

Ya podía tocar ambas puertas con las manos que ya no tenía.
Cerré los ojos, por hacer algo humano en un lugar donde quizá ya no importaba.

Y extendí la mano hacia una de ellas.

No voy a decir cuál.

Ese dato, por primera vez en mi vida, no le pertenece a ningún lector. Esa decisión y ese libre albedrío, es solo mio y me lo llevo conmigo.

CODA

Preguntas para quien todavía está vivo

Si has llegado hasta aquí, lo sabes: esto no es una crónica de ultratumba. Es un espejo encubierto en forma de relato.

La entrevista no es mía. Es tuya.

Así que, antes de seguir deslizando el dedo en la pantalla, responde, —no a mí, a ti,— algunas preguntas incómodas:

  • ¿En qué momento empezaste a llamar “normalidad” a lo que en el fondo sabes que es mediocridad moral?
  • ¿Cuántas veces has elegido el atajo sabiendo perfectamente que había un camino más lento pero más limpio?
  • ¿Cuántas decisiones cruciales de tu vida tomaste pensando en el bien común… y cuántas en no incomodarte demasiado?
  • ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo correcto que no te convenía?
  • ¿Cuánto de lo que te indigna es real, y cuánto es simple placer de sentirte mejor que otros?
  • ¿Cuántos líderes, caudillos, gurús o “guías espirituales” has seguido solo porque te prometían que no tendrías que madurar?
  • Si hoy se abrieran dos puertas frente a ti, ¿podrías mirarte de verdad y decir, sin adornos: “sé cuál merezco”?

Dios no suele gritar.

Nataivel no suele presentarse con traje y bastón.

La mayor parte del tiempo, las conversaciones con ellos se parecen más a algo torpe y silencioso:

  •       Esa sensación de asco cuando traicionas tus propios principios;
  •        Esa paz extraña cuando haces lo correcto aunque nadie lo sepa;
  •        Esa leve náusea cuando te descubres disfrutando la caída de otro.

No necesitas morir para saber hacia cuál puerta estás caminando.
Ya lo estás diciendo todos los días, en voz baja, con tus actos.

Y, como me dijo la voz en el corredor:

“Ya sabes quién eres.”

La pregunta es si todavía estás a tiempo de corregir la ruta antes de que las puertas aparezcan y ya no haya entrevistas, ni explicaciones, ni editoriales.
Solo verdad.

Y elección.

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