El Ilusionista

El Ilusionista

Bajo el cielo de Andrómeda

Lo conocí una noche en que el firmamento parecía recién encendido. Subimos a una colina, alejados del ruido, y me pidió que mirara el cielo como si fuera un espejo.

—Cada estrella —me dijo— es un alma que aún no se resigna a apagarse.
Me habló de Orión, de Casiopea, y finalmente señaló una mancha casi invisible. —Esa es Andrómeda. La princesa encadenada a una roca, esperando a un monstruo que nunca llega.

Yo, que era demasiado joven para entender metáforas, solo vi belleza. Pero años después comprendí que esa constelación lo describía mejor que cualquier palabra.

Vivía atado a su propia condena, con la misma dignidad de quien se niega a huir.

El Ilusionista también estaba encadenado —no a una roca, sino a su pasado.

Nadie escapaba de su encanto. Tenía el don de convencer al mundo de que la vida era un escenario y él, su maestro de ceremonias. Cada gesto suyo era elegante, preciso, lleno de esa teatralidad de quien parece haber nacido con luz propia.

Pero bajo la sonrisa se ocultaba el truco: una tristeza heredada, una infancia de abandono, un corazón embriagado para olvidar que alguna vez fue dejado solo frente al mundo.

Nunca dejó de ser ese niño al que el amor le fue negado —solo que aprendió a disfrazarlo con la copa correcta y el verbo justo.

A veces, sobre todo con el vino como cómplice, hablaba de futuros imposibles, de sueños colosales. Eran promesas sin destino, quimeras que flotaban en el aire como humo espeso. Lo escuchábamos sabiendo que nada de eso llegaría a existir, pero queriendo creer, porque en su voz había una extraña fe, una ilusión que hipnotizaba. Su don no era transformar la realidad: era suspenderla por un momento.

El día de su muerte comprendí que la ilusión había terminado. El cuerpo inmóvil sobre la cama ya no era el Ilusionista; era el último número del espectáculo. Su piel, antes viva, se volvía piedra, y por primera vez en la vida no tenía respuestas. Había logrado su acto más difícil: escapar de todo.

Mientras lo vestían con su esmoquin, pensé en Houdini. Ambos retaron a la muerte hasta que la muerte los abrazó con precisión matemática. El Ilusionista, como el mago, apostó su vida en cada truco, y el último, como siempre, fue el más arriesgado. Y allí, en ese silencio inmenso, entendí que el verdadero misterio nunca fue cómo vivía, sino cómo lograba que todos creyéramos en su magia aun cuando sabíamos que era mentira.

Yo prefiero creer que cruzó a otra dimensión donde el cansancio no pesa, donde las heridas no exigen explicación.

No sé si fue un charlatán o un héroe, pero sí sé que fue único: un hombre que vivió entre el aplauso y el abismo, entre la copa y la palabra.
Hoy lo miro con gratitud —por las risas, los errores, la herencia del fuego y la fragilidad. El Ilusionista se marchó, sí. Pero su truco final fue otro: enseñarme que incluso los hombres rotos pueden dejar belleza en su caída.

El Ilusionista hablaba. Y cuando hablaba —levantaba ciudades que no existían, juraba puentes que nunca cruzaríamos, prometía mañanas que no sobrevivían a la madrugada—. Su don no era transformar la realidad: era disfrazarla de esperanza.

Hizo de las palabras un refugio y de la imaginación una patria interina. Nos sostuvo allí, en el borde de lo imposible, hasta que la luz entraba por las rendijas y el escenario se desarmaba. Tal vez por eso su última función fue perfecta: no dejó nada por cumplir, porque la promesa misma fue su obra.

Y uno aprende —tarde— que hay vidas así: vidas que no mienten, encantan; que no construyen, hipnotizan; que no llegan, pero hacen creer.

¿Fue un fraude? Quizá. ¿Fue un poeta sin página? También.
La ilusión fue su forma de no rendirse. Quiso vencer al hambre del mundo con un conjuro de voz y un traje impecable.
 

Falló, como fallamos todos cuando intentamos burlar el vacío. Pero en ese fracaso hay una belleza que no admite aplausos: la de quien, sabiendo que no hay salida, sigue abriendo puertas. 

Y entonces, sí: el Ilusionista entró en su vida, a la verdadera, a la que deseaba realmente entrar. No para salvarse, sino para apagar, con elegancia, la última luz del escenario.

Después quedó lo esencial: la sombra, el silencio, y ese eco que duele, porque nos recuerda que fuimos amados por alguien que no supo quedarse.
Y comprendemos —al fin— que algunos desaparecen de este mundo no por huir, sino porque la realidad nunca estuvo a su altura.

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