El deseo: ese animal sin moral
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El deseo no es bueno ni malo.
Esa es la primera mentira que aprendimos a repetir para poder dormir tranquilos.
El deseo no pregunta si amas a tu pareja, si tienes hijos, si prometiste algo, si es domingo o si mañana hay que madrugar. El deseo aparece en el peor momento, con la peor persona, en el lugar menos conveniente. Y aparece igual.
Eso es lo que incomoda.
Freud lo dijo sin rodeos, aunque luego lo envolvieron en libros difíciles: el deseo no obedece a la conciencia. Vive en otra parte. Entra por los sueños, por los lapsus, por las fantasías que nadie confiesa, por esa atracción absurda que no encaja con la vida que uno construyó con tanto esfuerzo.
El deseo no busca amor. Lo que busca es satisfacción.
Por eso no entiende de fidelidad, ni de coherencia, ni de proyectos a largo plazo. Puede convivir con el amor, sí, pero no le pertenece. Y cuando se lo intenta reprimir por completo, no desaparece: se disfraza.
Se vuelve irritabilidad, distancia, sarcasmo, insomnio. Se vuelve doble vida.
Sade fue todavía más incómodo porque se atrevió a decir lo que nadie quería oír: que el deseo no solo ignora la moral, sino que muchas veces goza al romperla. No porque el ser humano sea perverso por naturaleza, sino porque el límite lo excita, la prohibición intensifica y lo correcto suele ser tibio; hasta frío.
Sade no hablaba de monstruos. Hablaba de personas comunes cuando dejan de fingir. Ahí es donde el lector empieza a reconocerse.
Porque todos hemos deseado algo que no “deberíamos”. Una persona fuera de lugar. Un cuerpo incorrecto. Una situación que amenaza con romper la vida ordenada que mostramos en redes.
Entonces aparece la culpa. No por lo que sentimos, sino por no saber qué hacer con eso.
La sociedad nos enseñó a idealizar el amor como si fuera una fuerza limpia, elevada, casi espiritual. Pero nadie nos enseñó qué hacer cuando el deseo va por otro carril. Nadie nos preparó para convivir con esa contradicción sin convertirnos en mentirosos, cínicos o jueces morales.
El problema no es desear. El problema es exigirle al deseo que se comporte como una promesa.
El deseo parte de una verdad incómoda: amar no implica dejar de desear. Y desear no implica dejar de amar. La tragedia aparece cuando intentamos borrar una de las dos cosas para sentirnos mejores personas.
Ahí nacen las jaulas. Nace la hipocresía, los matrimonios correctos y los cuerpos apagados, nacen las fantasías ocultas que luego se convierten en secretos.
El deseo no es el enemigo del amor. Es su recordatorio corporal.
Recordatorio de que somos carne antes que discurso. De que el cuerpo no firma contratos y que no todo lo que sentimos cabe en la vida que armamos.
El deseo no tiene moral. La moral la inventamos nosotros para sobrevivir en grupo.
Quizá la única forma adulta de amar no sea amputar ese animal, ni soltarlo sin responsabilidad, sino mirarlo de frente, aceptarlo como parte de lo que somos y decidir —con lucidez, no con miedo— qué hacemos con él.
Porque el deseo no se educa del todo. Pero ignorarlo siempre pasa factura.
